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The Journey by Roxana Crisólogo Correa translated by Kim Jensen & Judith Santopietro

I see myself writing in front of a window that doesn’t look out over the street

of my dusty neighborhood in the south of Lima

a window through which the cries of children playing soccer never filters

nor the garish rants of the tabloids

that speak to us from a gagged mouth or from the body

of a half-naked woman

when I picture myself on the other side of the planet

the face reflected in the window hasn’t received a drop of sunshine in nearly two months

I settle next to the lamp that the salesman assured me will shine

as brightly as the newly risen sun cold is just a state of mind

I tell myself again and again

this morning that resembles the dark bottom of a bottle

that I am forced to open

cold is just a state of mind but also exists in the heart of some of the faces

I meet when I’m distracted in the Metro on a morning that I am drowning

in my plate of yoghurt spooning through it searching for an alternate route

toward the dried fruit that floats on the thick blob of milk that is this country

And I see myself drifting further from the center of the city

as if I were a boat entering the recta of the forest

the mute expression of the trees says more than the teenager

who’s been sitting in front of me for about 10 minutes

his face half-covered his gaze fixed upon a point in the void that on days like today

I’d like to be able to call by some name

an image sticks in my throat: boys traveling inside of themselves

just before deciding to pick up a rifle to gun down their classmates

I return to hearing the warm and familiar Russian in every station

to sink into the inordinate loneliness of snow

the silence is white

the clothing of the people traveling at the speed of light in the Metro black

the forest plays over and over like an old movie with no plot no horizon

I pick up a newspaper to blend in with the introspection of those who travel

without seeming to grasp that others are doing the exact same thing

I’d like to describe what I don’t see but I don’t have the color for it

a pair of sturdy-looking gypsies whisper to each other

two girls compare the pale edge of their fake nails

in a little while my naked body will give off its original scents

I’ll spread the non-existent sunlight upon the sauna’s wood

the unbearable heat will make me run out of the room

to wallow and revel in the snow

for a few moments I’ll feel like the radiant daughter of the forest

I’ll say goodbye to the monstrous shopping malls to the spas

to the Nokia outlets to the pines

Hakaniemen tori

I will look for the sun meet up with the usual people

I’ll recognize myself among the unemployed who never stray beyond the café

here I am again talking with my hands

trying to describe in a few words the natural scenery of a desert that sometimes

feels like I’m the only person who knows it exists

a long bleak desert beside the sea

back and forth the waves carry the absence of color beautiful birds and sometimes trash

a city with its back to the Andes that in the minds of these lonely old folks

sounds like a far-off Macondo marvelously unreal

but neither the light nor my Finnish are enough to explain such a tangled maze

the concoction of feelings distances and fratricidal wars that is Peru

Helsinki transforms into a city of crystal

where I skate fragile

Helsinki clean as a hospital ward the incorruptible lady with her head held high

makes my mouth water

I bid farewell to the old boys who lit up the fiery afternoons

of the metal workers union

they’re writing their memoirs I’m halfway through a journey and I don’t even know

if it’s over yet

And again the day transforms into a youth who wears a ski mask and tucks his hair

inside his long leather trench coat

I dodge the abominable little carts that collect the snow

uncovering the most wretched views of the sidewalks and then

they sow tiny pebbles to prevent old and clueless people like me from slipping

The city remains whited out erased

some of the graffiti I left behind in my city should have a wall here

I write the things that silence has tattooed on my mind

I write about the traces of heavy metal floating in the air

from the radio of my neighbor whose face I’ll never see

I recognize the sound of that old lady knocking on the wall she can’t stand the noise

that we two South Americans make whenever we walk whenever we laugh

I enter her forest like a digestive tract that avoids

consuming the most acidic flavors

I enter the forest without wearing shoes for the forest

I pick strawberries without using repellent to fend off mosquitoes

I walk through the snow in high heels in the hopes of going far far away

the forest is and will remain a mystery to me

sometimes I imagine myself picking mushrooms in a sea of birches thirsty for rain

other times I pick berries with a group of Estonian girls

who unlike me would never mistake a poisonous fruit for an edible one

but all of this is fiction

because I never picked mushrooms let alone dared to collect berries

my resistance raised its walls inside the city

even the landscape seems like part of a mysterious current of silhouettes

and the shapes of trees that have not moved from their place in years

I learned to speak about summer with hunger

the same hunger with which I now abandon myself to the voluptuous

waves of Lima

the yearning for colors that in Edith Södergran’s verses is the yearning for blood

El viaje

Me veo escribiendo frente a una ventana que no da a la calle

de mi barrio polvoriento en el sur de Lima

una ventana por la que tampoco se filtra el chillido de los muchachos

que juegan fútbol ni las quejas colorinches de los periódicos

hablándonos desde una boca amordazada o desde el cuerpo

semidesnudo de una mujer

cuando me veo en el otro extremo del planeta

el rostro que se refleja en la ventana no ha recibido sol real en casi dos meses

me acomodo del lado de la lámpara que el vendedor aseguró brilla

como si el mismísimo sol acabara de salir el frío está en la mente

me repito

esta mañana que se asemeja al fondo oscuro de una botella

y que me veo obligada a abrir

el frío está en la mente pero también en el corazón de algunas miradas

con las que me cruzo por distracción en el Metro esta mañana que hundo

en mi plato de yogur y cuchareo buscándole una ruta distinta

a la fruta seca que flota sobre la densa masa de leche que es este país

Y me veo alejándome del centro de la ciudad

como si fuera un barco internándome en el recto del bosque

la expresión muda de los árboles me dirá más que el adolescente que ya lleva

10 minutos sentado frente a mí

tiene medio rostro cubierto y la mirada fija en un punto del vacío que días como hoy

me gustaría llamar por algún nombre

se me atora en la garganta una imagen: muchachos viajando dentro de sí mismos

antes de tomar la decisión de coger un fusil y dispararles a sus compañeros de clase

vuelvo al ruso familiar y cálido de cada estación

a hundirme en la desmedida soledad de la nieve

el silencio es blanco

la ropa de la gente que viaja a la velocidad de la luz en el Metro negra

el bosque se repite como una vieja película sin argumento y sin horizonte

tomo un diario para integrarme a la introspección de quienes al parecer viajan

sin percatarse de que los demás hacen lo mismo

quisiera describir lo que no veo pero me falta color

un par de gitanas robustas murmurándose algo en el oído

dos muchachas comparando el filo pálido de sus uñas postizas

dentro de poco mi cuerpo desnudo despedirá sus aromas originales

tenderé esta falta de luz sobre las maderas de la sauna

el clímax del calor me obligará a salir corriendo de la habitación

y a revolcarme en la nieve

por unos momentos me sentiré como la radiante hija del bosque

digo adiós a los monstruosos centros comerciales a los spas

a las filiales de Nokia a los pinos

Hakaniemen tori

buscaré el sol me reuniré con los de siempre

me reconoceré en los desempleados que del café no pasan

aquí estoy de nuevo explicándome desde las manos

intentado retratar en pocas palabras la naturaleza de un desierto que por ratos

siento que solo yo sé de su existencia

un largo y pobre desierto de lado del mar

las olas llevan y traen la ausencia del color hermosas aves y a veces basura

una ciudad de espaldas a los Andes que en palabras de estos jubilados solitarios

suena como un Macondo irreal y maravilloso

pero la luz ni mi finés me dan para explicar tanto enredo semejante mezcolanza

el mejunje de sentimientos distancias y guerras fratricidas que es el Perú

Helsinki se transforma en una ciudad de cristal

sobre la cual patino quebradiza frágil

Helsinki limpia como la sala de un hospital dama incorruptible y con la frente en alto

se me hace agua en la boca

Me despido de los viejos muchachos que amenizaron las tardes ardientes

del sindicato del metal

ellos escriben sus memorias yo estoy a medio camino de un viaje que aún no sé

si ya ha terminado

El día vuelve a ser un muchacho que lleva pasamontañas y se ajusta la cabellera

en su larga gabardina de cuero

esquivo a los odiosos carritos que recogen la nieve

descubren los lados más miserables de las aceras en su lugar

siembran piedrecitas para evitar que los ancianos y despistadas como yo resbalen

La ciudad queda en borrador

algunos de los grafitis que dejé en mi ciudad deberían tener una pared aquí

Escribo lo que el silencio tatúa en mi mente

escribo sobre lo que el heavy metal de la radio del vecino

que nunca le veré la cara deja flotando en el aire

reconozco los golpes de pared de la anciana que no soporta el ruido

que hacemos dos sudamericanas al andar y reír

me interno en su bosque como en un tracto digestivo que evita

degustar los sabores más ácidos

me interno en el bosque sin usar zapatos de bosque

recojo fresas sin usar repelente para ahuyentar mosquitos

atravieso la nieve en tacones con la esperanza de ir muy lejos

el bosque es y seguirá siendo un misterio para mí

a veces me imagino recolectando hongos en un mar de abedules sedientos de lluvia

otras veces recolecto bayas con un grupo de muchachas estonias

que no confundirían como yo una fruta venenosa con una comestible

pero todo esto es una ficción

porque nunca recogí hongos ni mucho menos me atreví a recolectar bayas

mi resistencia levantó sus paredes en la ciudad

aun el paisaje me parece parte de una corriente misteriosa de siluetas y formas

de árboles que no se han movido de su sitio en años

Aprendí a hablar del verano con ilusión

la misma ilusión con la que ahora me abandono a la voluptuosidad

de las olas de Lima

al ansia de los colores que en versos de Edith Södergran es el de la sangre


Roxana Crisólogo Correa is a poet, translator, and cultural promotor. Kauneus: la belleza (Intermezzo Tropical, Lima, 2021) is her latest book of poetry, republished by Ediciones Nebliplateada, Buenos Aires, 2023. Crisólogo is the founder of Sivuvalo Platform, a multilingual literature association based in Helsinki. She lives and works in Helsinki.

Kim Jensen is a Baltimore-based writer, poet, educator, and translator who has lived in California, California, France, and Palestine. Her books include an experimental novel, The Woman I Left Behind, and two collections of poems, Bread Alone and The Only Thing that Matters.

Judith Santopietro is a Mexican writer who was awarded the writing residency at the International Writing Program at the University of Iowa in 2022. She was a finalist for the 2020 Sarah Maguire Prize for Poetry in Translation for her book Tiawanaku. She has published in the Anuario de Poesía Mexicana 2006, Rio Grande Review, and The Brooklyn Rail.

This poem was selected by Anthropocene Guest Editor Tom Branfoot.



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